¡NOS VAMOS A SURFEAR!

Ese fue el grito de guerra de este fin de semana en nuestra casa y con un café en mi mesa te cuento como fue…

Lejos quedan estas últimas Navidades en las que los Reyes Magos, tuvieron a bien dejarnos un traje de neopreno de lo mas bonito y útil si se quiere practicar este deporte en aguas gallegas. Un deporte que según he estado leyendo, nació en Hawái. Es curioso, porque los nativos aprovechaban las olas para pescar y volver a la orilla sin tener que nadar. Eso dicen. La idea es sencilla, mantenerse en equilibrio sobre una tabla, arrastrada por una ola el mayor tiempo posible y sin caerse al agua dirigiéndola a través de varias quillas situadas en la parte trasera de la tabla ¡Fácil!

¡Menos mal que no lo tengo que hacer yo porque estaría todo el tiempo intentado subir a la tabla!
A una de nuestras niñas le apasiona este deporte. Empezó el verano pasado y  solo con ver todo el empeño y todas las risas que se echaba cada vez que subía a la tabla, ya nos dimos cuenta que sería una afición con la que ella crecería.
Poco a poco.
Sin prisa.
¡Pero si vivimos en una ciudad que a veinte metros de nuestro portal tiene una estatua dedicada a los surfistas!
Por lo menos había que probarlo. No te digo yo que aspiremos a llegar a ser una Stephanie Gilmore, ni mucho menos, solo con pasarlo bien, disfrutar, hacer ejercicio, aprender a respetar a el mar, trabajar con sus compañeras…Bueno, la verdad es que tiene muchas cosas buenas.

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MI PRIMERA BODA EN EL CAMPO

Y con un café en mi mesa os cuento que, ¡no me pudo gustar más!
Que unos “casi gallegos” viajen hasta Segovia, y que en pleno campo, aparezca un sitio tan espectacular como el lugar donde estuvimos este fin de semana, no tiene precio.
Sabíamos que iba a ser una boda muy especial porque los novios lo son. Tienen una sensibilidad para los detalles, las pequeñas cosas, eso que marca la diferencia y así fue.
En el fondo, tu vas a acompañarlos, a que se sientan arropados queridos por el entorno que ellos han elegido… pero luego lo pasas, tan bien, y es todo, tan bonito que sabes que tardaras en olvidar lo vivido allí.
Para empezar, casi no faltaba nadie de mi familia, y somos muchos y siempre que nos juntamos la armamos buena. Y luego el sitio  Finca Aldeallana. ¡Increíble!

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¡LLEGÓ EL DÍA!

Con un café en mi mesa te cuento que por fin llegó el día…

Solo tenían que florecer las peonías en casa de mi madre, solo tenía que aparecer un viernes cualquiera con ellas en Coruña, mi segunda ciudad, y sería el momento de comenzar. Así me lo propuse porque a veces en la vida hay que ponerse metas para “arrancar” verdad?

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